Una máquina loca
fatigaba un volumen
de versos heteróclitos
para cerrar el día.
"¡No es ella! ¡Ya no es nadie!",
constataba harapienta
y se congratulaba
de ser libre por fin.
"Libros --¡fascinaciones!--,
la música: ¡no hay nadie
en ese mundo virgen!",
se decía: sin público.
Coronó su delirio
escribiendo idioteces
que nadie leerá
ni mañana ni nunca.
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